martes, enero 22, 2008

Lo imperecedero: nosotros y algo.

"El hombre prefiere la voluntad de la nada, a la nada de la voluntad."
F. Nietzsche. - Genealogía de la moral.

Se dice que en algún tiempo y lugar que nadie puede precisar, existieron hombres que no creían en nada, ni en dioses ni en ellos mismos. No tenían metas ni frustraciones, nada les acomodaba ni incomodaba, nada les interesaba o desinterasaba. De hecho, ni siquiera sabían lo que significaba el interés, o quizás les era indiferente aunque existiera. Pero, aunque aparentemente su vida era algo nulo, sí tenían un rumbo fijo: la nada misma. Todos ellos se mantenían estáticos en un mismo espacio, mirándose entre sí sin intención de pronunciar palabra alguna. Porque ellos, además, no conocían las palabras. Sólo se miraban por largo tiempo, como queriendo comunicar algo, para de esta manera lograr escapar de ese encierro quemador y cruel, de esa red que los atrapaba en sí mismos pero que los mantenía de alguna u otra manera, unidos. Pero esto es sólo lo que pienso yo, ya que tal vez esas miradas no querían transmitir algo, y sólo existían porque sí, sin causa ni fin. Quién sabe.

Una noche cualquiera, después de una larga y agotadora jornada de encuentros oculares sin sentido, uno de ellos se levantó y comenzó a caminar lentamente, con la mirada fija en el suelo. Caminó y caminó por horas, como si nunca en su vida hubiera dado un solo paso. Pero, sorpresa, efectivamente era así, nunca uno de ellos había tenido siquiera las ganas de dar un solo paso más allá de su lugar. Este hombre, después de caminar casi por dos días, levantó la cabeza y poco a poco comenzó a divisar una figura a lo lejos, que iba -probablemente o no- hacia él, a la misma velocidad. A él no le interesó lo que pudiera pasar cuando se encontrara con él, y siguió caminando como si nada pasara, como siempre...

En cuanto a los hombres, se contaba que dos días atrás no se habían percatado cuando uno de ellos se paró y se fue, pues estaban ocupados en la segunda tarea más importante de su existencia: recostarse y mirar el cielo por horas. Mientas "el distinto" seguía caminando, en el lugar de los hombres unidos entre sí por la nada, ocurría lo mismo de siempre: miradas furtivas e insignificantes. Llevaban muchas horas mirándose unos a otros, haciendo movimientos faciales distintos pero que tal vez expresaban lo mismo. De pronto, uno de ellos volteó su cabeza, y uno a uno los restantes fueron haciendo lo mismo. Su amigo había vuelto, pero no solo. Él, junto a su acompañante, se sentó con los demás y pasó lo inesperado: el recién llegado comenzó a mirar a cada uno de sus ahora pares, mientras que éstos, con el paso de los minutos, gradualmente se dedicaron a hacer lo mismo. Qué estúpida e insignificante situación, lo inesperado no era más que eso. En este maldito lugar nadie nunca esperó nada.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Que lugar más triste ha de ser ese, sin nada que esperar , quiere decir que no tienen sueños.
Las personitas de ese lugar estan muy muertas.



Me gusta como escribes, pero como que siempre es como todo tan inquietante.


Un besito =*
Cuídate y hablamos lueguito :)








Vale

8:45 PM  
Blogger Maria Jesus said...

Buen escrito. Gracias por tu comentario, esto da como escalofrìos.

4:33 PM  
Blogger Amsterdam said...

Me dejaste pensando. Al fin y al cabo, a eso no se le puede llamar humanos, ya que no poseen lo que nos hace humanos a cada uno de nosotros, que son las emociones, el miedo, la alegría, la tristeza, la frustración, etc. Sin eso no somos nada y sin eso no hay nada, no habría razón de estar aquí.

Saludos

12:26 AM  

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